Beso

Mi primer beso fue fome y plano como la cara del que en ese entonces era mi pololo. Le decían tablón. Duramos un mes.

Después vinieron besos más entretenidos e impúdicos. Pero que me esfuerzo caleta en olvidar.

El siguiente beso que recuerdo como un hito fue uno más inocente. De un amigo que me gustaba. Cuando se lo dije, sonrió con infinito cariño y me dió un beso cálido y húmedo en la mejilla.

Pero ese beso fue nada comparado con los que me dio su (ex)polola.

Después de que me gustara él, me gustó ella. Recuerdo sus manos pálidas tensas sobre el mástil de la guitarra. Sus ojeras casi azules. Él se dejaba las uñas largas y bonitas, según él, para tocar bajo, ella se las dejaba cortas y limpias, para tocar mejor guitarra.

Ambos siempre pronunciaron mi nombre bien. Con el acento en la A. Con preocupación.

Una vez me dormí sobre las piernas de ambos en el bus. Y otra vez caminamos los tres de la mano por el centro de Viña.

Pero fue ella la que me hizo cariño en la cabeza hasta quedarme dormida. Fue ella quien quiso escribir un libro conmigo. Sólo ella vino a verme a Santiago. A pesar de su literal alergía al smog.

Cuando le dije que me gustaba, en un anochecer silencioso en Quilpué, no sé como llegamos a que nos besaríamos, yo por el flechazo, ella porque “hace tiempo se había preguntado cómo sería besarme”. Me llevó de la plaza hasta una calle tranquila y solitaria “para que no nos pasara nada”. Y tres veces me preguntó mirándome a los ojos casi sin pestañear “¿estás segura?”. Después de la tercera afirmación, me tomó a cara y cerré los ojos.

No sé de donde salió la luz que ví por dentro. Que corría como viento por mi mente. alborotando mi interior. Como una marea de luciernagas.

La siguiente persona que besé fue mi andante. Diría polola, pero ella nunca me lo pidió ni yo a ella. Nos besamos en una mesa del colegio después de clases, y en mi cama cuando mis papás no estaban. Todo muy adolescente.

Terminó conmigo porque todavía me gustaba la chica de Quilpué.

La siguiente fue mi primera polola con todas sus letras. Le pedí pololeo por Messenger. Y tristemente no recuerdo nuestro primer beso. Aún no sé si la amé, pero sí amé sus ojos adultos mientras dibujaba. Amé el beso tierno que me dió en el antebrazo para que no me lo cortara más. Aún guardo las cartas preciosas en papel celeste que me escribió y me dibujó.

He besado a otros hombres entremedio. Pero siempre con algo de disgusto. Siempre un poco forzado, por insistencia. Y en esa torpe y dura porfía no puede surgir el amor.

Después de ella han habido muchos otros besos; en la ternura de un cariño naciente, en el altar, o en el delirio de mis sueños. Pero los cuentos no se pueden empezar a contar sin un final. Asi que de esos besos aún no diré nada.

 

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