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Hace poco revisé blogs muy viejos mios.

Y encontré un blog que abrí y en el que sólo había un post. El texto afirmaba que ese sería un blog de lelismo. Y bueno… no había ninguna entrada más.

Hoy reviso este blog y veo tanta oda a la fleticidad que creo que safo estaría orgullosa.

En todo caso, yo estoy orgullosa.

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Maternidad

1. Pronto voy a ser madre.

En un par de semanas voy a publicar por primera vez. Es una labor inyectada de amor del bueno. De risas y abrazos apretados. De paciencia y compromisos. Pero también de dudas y problemas.

Va a ser mi primer hijo de papel y tinta.

Pero eso no es un hijo en realidad.

La maternidad es viva.

2. El año pasado fui madre. Adopté dos seres vivos. En la convivencia con ellos creo que he descubierto una faceta nueva de lo que es la felicidad. He aprendido nuevos miedos, y he desarrollado algunas habilidades de cuidado, que no fueron sorpresa, pero sí urgencia.

Les digo mis hijos. O nuestros hijos.

Pero.

La maternidad para mí es humana.

3. Mi útero se hace más seco en cada ciclo. Y cada vez estoy más segura que no quiero nunca producir un ser humano ahí.

Porque no quiero ser madre.

Porque madre es la que cuida. La que guarda bajo el alero. La que acuna, la que viste. La que incendia la mente de ideas, que enseña palabras y conceptos. La que reta. La que no duerme nunca más tranquila.

No ligo la sangre a la maternidad, pero sí hay algo indudablemente latino y cis en mi forma de ver el convertirse en madre.

Porque – a diferenca de mi propia madre, que se sintió mamá al segundo de tenerme en brazos-, yo creo que una se convierte en madre, con la reiteración del caos amoroso de cuidar a un ser desvalido, y luego guiar a un ser loco y agotador a la adultez. Un becoming, diría mi querida.

No quiero entonces convertirme en madre. No quiero que mi cuerpa, mi mente y mi mundo afectivo se muden tanto. No quiero deshacerme al servicio de una persona a medio hacer.

No porque no crea que sería bello y entretenido.

Sino porque sinceramente… creo que no me daría el cuero; creo que es demasiado caro, moneraria, afectiva, y temporalmente

Mis energías son finitas. Y quiero gastarlas en convertirme en otras cosas.

En amiga, en amante, en hermana, en hija ¿seré por siempre una adulta incompleta? ¿una mujer incompleta? ¡Quizás! Y aun no puedo resolver si eso me importa.

4. ¿Qué hay de la maternidad cuir? ¿no quiero deconstruir eso? ¿ayudar a des-heteroizar las familias? Sí, me gustaría. Pero no creo que se pueda realmente. La maternidad es demasiado hetero. Demasiado normativa. Y no creo ser tan ocurrente para deconstruir tanto. Menos mientras intento sobrevivir el torbellino de criar.

Puedo construir otras maternidades: maternidades animales, de objetos, de ideas, de relaciones con mis amigos (la gente cuir puede elegir a su familia, dice Rupaul).

Pero sé que estoy normativizada aun, porque todo eso me parece un sustituto. Un peor es ná.

A la finale, solo puedo intentar disfrutar esos sucedáneos. A ver como me va.

 

Pelo morado

El morado es el color de lo gay y de la muerte. Pregúntenle a los japos.

Hace más de un año me teñí el pelo morado.

En un inicio por razones prácticas. Lo quería de un color frio, pero el azul es muy dificil y el verde se ve feo cuando se deslava el tinte. Y luego cada vez me fue gustando más. Me sentí más gay y más bonita. Sentí que mi piel se veía menos amarillenta, y mi ropa más brillante. Y había una suave rebeldía en lo chuzo y colorinche de mi melena. Al final del día, en medio de todas las rubias que hablan grave y las aritoperla con “balayage”, me sentía rupturista.

Pero ya no importa tanto eso.

La mayoria del tiempo hasta olvido que mi pelo es morado.

Pero quiero seguir teniédolo morado, y usándolo como una bandera. ¿bandera de qué? ¿gaysidad, rebeldía y muerte?

Esas parecen las caracteristicas de Anshi y Homura.

La primera,  víctima absoluta del yugo masculino, encerrada en un ataud floreado, solo abrigada con su largo pelo morado. La segunda, atrapada para siempre en un bucle de amor y muerte. Dejándose en la búsqueda de su luz-persona amada.

Quiero pensar que soy Anshi o Homura en un AU muy fome. De trabajo, cuentas y veredas grises. Pero que lucha a su propia forma por la rebeldia, la gaysisdad y que lleva siempre la muerte encima, sin olvidarla, y sin ser derrotada.

 

Géminis

Odio el tropo de la mujeres amándose como gémelas.

Dos perfiles sin personalidad mirandose con ternura y devoción. Rodilla con rodilla. Teta y teta. Manos espejadas. Y besos sin torcer la cabeza.

¿Podría ser que esta imagen sea por preferencia de algún hombre imaginario? dos mujeres espejadas. Para que las veas a ambas. Y las disfrutes a ambas.

Hay algo dulce en querer a alguien /como tú/. En compartir similitudes.

Pero hay tanto más que amar en las mujeres.

Amar a las que tienen manos más largas que tú y tocan el piano. Las que tienen caderas más gruesas y apoyan ahí a los niños. Las de pies más pequeños que los tuyos, las que usan lentes (y tú no). Las que hablan más grave, las que cantan más nasal. Las de rulos alocados o las que tienen una espalda más angosta que la tuya.

Hay tanta belleza. Que fome quedarse con la belleza /como tú/.

Beso

Mi primer beso fue fome y plano como la cara del que en ese entonces era mi pololo. Le decían tablón. Duramos un mes.

Después vinieron besos más entretenidos e impúdicos. Pero que me esfuerzo caleta en olvidar.

El siguiente beso que recuerdo como un hito fue uno más inocente. De un amigo que me gustaba. Cuando se lo dije, sonrió con infinito cariño y me dió un beso cálido y húmedo en la mejilla.

Pero ese beso fue nada comparado con los que me dio su (ex)polola.

Después de que me gustara él, me gustó ella. Recuerdo sus manos pálidas tensas sobre el mástil de la guitarra. Sus ojeras casi azules. Él se dejaba las uñas largas y bonitas, según él, para tocar bajo, ella se las dejaba cortas y limpias, para tocar mejor guitarra.

Ambos siempre pronunciaron mi nombre bien. Con el acento en la A. Con preocupación.

Una vez me dormí sobre las piernas de ambos en el bus. Y otra vez caminamos los tres de la mano por el centro de Viña.

Pero fue ella la que me hizo cariño en la cabeza hasta quedarme dormida. Fue ella quien quiso escribir un libro conmigo. Sólo ella vino a verme a Santiago. A pesar de su literal alergía al smog.

Cuando le dije que me gustaba, en un anochecer silencioso en Quilpué, no sé como llegamos a que nos besaríamos, yo por el flechazo, ella porque “hace tiempo se había preguntado cómo sería besarme”. Me llevó de la plaza hasta una calle tranquila y solitaria “para que no nos pasara nada”. Y tres veces me preguntó mirándome a los ojos casi sin pestañear “¿estás segura?”. Después de la tercera afirmación, me tomó a cara y cerré los ojos.

No sé de donde salió la luz que ví por dentro. Que corría como viento por mi mente. alborotando mi interior. Como una marea de luciernagas.

La siguiente persona que besé fue mi andante. Diría polola, pero ella nunca me lo pidió ni yo a ella. Nos besamos en una mesa del colegio después de clases, y en mi cama cuando mis papás no estaban. Todo muy adolescente.

Terminó conmigo porque todavía me gustaba la chica de Quilpué.

La siguiente fue mi primera polola con todas sus letras. Le pedí pololeo por Messenger. Y tristemente no recuerdo nuestro primer beso. Aún no sé si la amé, pero sí amé sus ojos adultos mientras dibujaba. Amé el beso tierno que me dió en el antebrazo para que no me lo cortara más. Aún guardo las cartas preciosas en papel celeste que me escribió y me dibujó.

He besado a otros hombres entremedio. Pero siempre con algo de disgusto. Siempre un poco forzado, por insistencia. Y en esa torpe y dura porfía no puede surgir el amor.

Después de ella han habido muchos otros besos; en la ternura de un cariño naciente, en el altar, o en el delirio de mis sueños. Pero los cuentos no se pueden empezar a contar sin un final. Asi que de esos besos aún no diré nada.