Odio el tropo de la mujeres amándose como gémelas.

Cómo geminis: Dos perfiles sin personalidad mirandose con ternura y devoción. Rodilla con rodilla. Teta y teta. Manos espejadas. Y besos sin torcer la cabeza.

¿Podría ser que esta imagen sea por preferencia de algún hombre imaginario? dos mujeres espejadas. Para que las veas a ambas. Y las disfrutes a ambas.

Hay algo dulce en querer a alguien /como tú/. En compartir similitudes.

Pero hay tanto más que amar en las mujeres.

Amar a las que tienen manos más largas que tú y tocan el piano. Las que tienen caderas más gruesas y apoyan ahí a los niños. Las de pies más pequeños que los tuyos, las que usan lentes (y tú no). Las que hablan más grave, las que cantan más nasal. Las de rulos alocados o las que tienen una espalda más angosta que la tuya.

Hay tanta belleza. Que fome quedarse con la belleza /como tú/.

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Beso

Mi primer beso fue fome y plano como la cara del que en ese entonces era mi pololo. Le decían tablón. Duramos un mes.

Después vinieron besos más entretenidos e impúdicos. Pero que me esfuerzo caleta en olvidar.

El siguiente beso que recuerdo como un hito fue uno más inocente. De un amigo que me gustaba. Cuando se lo dije, sonrió con infinito cariño y me dió un beso cálido y húmedo en la mejilla.

Pero ese beso fue nada comparado con los que me dio su (ex) polola.

Después de que me gustara él, me gustó ella. Recuerdo sus manos pálidas tensas sobre el mástil de la guitarra. Sus ojeras casi azules. Él se dejaba las uñas largas y bonitas, según él, para tocar bajo, ella se las dejaba cortas y limpias, para tocar mejor guitarra.

Ambos siempre pronunciaron mi nombre bien. Con el acento en la A. Con preocupación.

Una vez me dormí sobre las piernas de ambos en el bus. Y otra vez caminamos los tres de la mano por el centro de Viña.

Pero ella una vez me hizo cariño en la cabeza hasta quedarme dormida. Quiso escribir un libro conmigo. Sólo ella vino a verme a Santiago. A pesar de su literal alergía al smog.

Cuando le dije que me gustaba, en un anochecer silencioso en Quilpué, no sé como llegamos a que nos besaríamos, yo por el flechazo, ella porque “hace tiempo se había preguntado cómo sería besarme”. Me llevó de la plaza hasta una calle tranquila y solitaria “para que no nos pasara nada”. Esto fue antes de la Ley Zamudio. Y tres veces me preguntó mirándome a los ojos casi sin pestañear “¿estás segura?”. Después de la tercera afirmación, me tomó a cara y cerré los ojos.

No sé de donde salió la luz que ví por dentro. Que corría como viento por mi mente. alborotando mi interior. Como una marea de luciernagas.

La siguiente persona que besé fue mi andante. Diría polola, pero ella nunca me lo pidió ni yo a ella. Nos besamos en una mesa del colegio después de clases, y en mi cama cuando mis papás no estaban. Todo muy adolescente.

Terminó conmigo porque todavía me gustaba la chica de Quilpué.

La siguiente fue mi primera polola con todas sus letras. Le pedí pololeo por messenger. Y tristemente no recuerdo nuestro primer beso. Aún no sé si la amé, pero sí amé sus ojos adultos mientras dibujaba. Amé el beso tierno que me dió en el antebrazo para que no me lo cortara más. Aún guardo las cartas preciosas en papel celeste que me escribió y me dibujó.

He besado a otros hombres entremedio. Pero siempre con algo de disgusto. Siempre un poco forzado, por insistencia. Y en esa torpe y dura porfía no puede surgir el amor.

Después de ella ha habido muchos otros besos; en la ternura de un cariño naciente, en el altar, o en el delirio de mis sueños. Pero los cuentos no se pueden empezar a contar sin un final. Asi que de esos besos aún no diré nada.

 

De escribir #1

Cuando era pre-puber viví en un pueblo del norte chico. Había una sola disco, y las películas llegaban con dos meses de retraso. Así que toda la juventú se entretenía haciendo nada o deporte.

En esos cortos años tomé clases de tenis, hice atletismo, danza contemporánea, basquet y fuí más la piscina de lo que he ido en toda mi vida.

Pero el deporte que más amé fue gimnasia rítmica.

Aún puedo girar un aro en mi pie, y lanzarlo en el aire varios metros para atraparlo con gracia. Además adquirí el gusto por el dolor en el musculos al estirarse. Para mí, ese tirón dulce aún significa progreso.

Y sólo pude obtener logros en ese deporte con la simple y bonita repetición. Todos los martes y jueves estiraba mis piernas hacia atrás, trataba de hacer la invertida más recta y trataba de lanzar el aro más alto hacia el techo del galpón. Usaba toda mi atención y quedaba enferma de cansada. Pero cada martes y jueves volvía. Y ya no era porque no había nada más qué hacer en aquella arenosa ciudad donde lo más ruidoso era el río.

Ya no soy la niña inquieta de 12 que escalaba cerros por simple diversión. Hoy mi mayor aventura es cazar pokemones con el susto de que me roben el celular.

Pero cero que hoy aun puedo hacer elongaciones. Pero mentales.

Puedo estirarme por dentro un poco, cada vez un poco más. Para hacer mi estructura interna más fuerte.

Si escribo o si dibujo, quizás odie lo que hago, como cuando chica odié nunca poder hacer split entero. Pero en el ejercicio recursivo de “hoy haré algo un poco más bonito que la vez anterior” creo que sólo así voy a ir mejorando.

Y de a poco las líneas me saldrán más precisas, las metaforas más floridas, los rostros más expresivos, los dialogos más creibles, los colores más armoniosos, y la belleza más transparente y luminosa.

Creo que siempre será dificil ver a los que “son mejores” que yo. Como cuando chica llegué a la casa a llorar escondida en el pecho de mi mamá porque en el campeonato regional habían niñas que hacían poses y piruetas que yo no hubiera podido ni soñar.

Si cuando chica me encariñé con el dolor de las elongaciones de piernas. Ahora debo aprender a disfrutar el dolor de las elongaciones mentales.

Mama#2

Hacíamos la fila para pasear en un bote.

Por un impulso le comenté de una de mis nuevas autoras favoritas. Con sus galaxias donde existen los matrimonios de a cuatro, y donde hay gente que solo tiene género cuando está en celo.

Ella, sin nada parecido en la literatura que conoce, y sin referentes en la cultura pop, recurre a un recuerdo de su juventud (aka cuando yo era chica).

Y, sonriendo bajo el sol de hemisferio norte, me contó de una pelicula que había visto en alguna tarde lenta y larga en Villa Alemana.

Allí un soldado espacial se hacía amigo de un extraterrestre hostil ya que quedaban abandonados en sus naves estrelladas. El extraterreste está embarazado, y pare en difíciles condiciones. El humano queda encargado del niño, y debe enseñarle a recitar los nombres de sus antepasados para ser aceptado en su comunidad.

Ella me cuenta la historia llena de ternura, aún recuerda con empatía como estas dos personas logran quererse en condiciones hostiles, y como el humano va venciendo sus prejuicios para honrar la memoria de su amigo.

Y yo de vez en cuando pienso en el relajado tono de su voz mientras me habla de esta historia bizarra.

mama#1

Como soy cobarde escribo esto acá y no se lo digo a ella:

Hace poco viajé con mi familia a Europa. Es el regalo más caro que me han hecho aparte de mi educación escolar.

Cuando volvimos a Chile, mi mamá me dio una croquera en la que aparecía paris por fuera. Por casualidad tengo la misma misma croquera entre mis cosas. Misma portada con Notre Dame y todo.

En europa el unico placer culpable que me dí fue bosquejar en un par de parques.

No he querido cambiar la croquera repetida. Está sentada paciente dentro de mi cajón a que la elija para dibujar.